En la Argentina de hoy, cualquier empresa rentable que no tenga la opinión pública a favor, corre el riesgo de ser estatalizada, confiscada, apoderada, apropiada, recuperada, expropiada u objeto del desembarco estatal…que cada cual escoja su eufemismo. Puede que al caso de YPF le siga alguna empresa eléctrica o alguna minera a cielo abierto, empresas cuya única arma contra la intervención del Gobierno de Kirchner es desarrollar una comunicación estratégica y efectiva.
En la actualidad, los rankings de reputación se han hecho tan habituales como los de facturación y gozan de la misma importancia, o más. Sin embargo, los puestos de ambas listas no siempre coinciden. Un ejemplo es ExxonMovil, que encabeza la lista Fortune 500 de 2012, descendiendo hasta el número 51 en el coeficiente de Reputación del Harris Poll Reputation Quotient.
El desastre del Exxon Valdez, que derramó 257,000 barriles de petróleo en la costa de Alaska hace más de dos décadas, sigue pasando factura a la compañía más lucrativa de América. Poca gente conoce la labor del gigante petrolero en parámetros de responsabilidad social. Y la hay. Investigación en combustibles limpios, inversiones locales en salubridad, seguridad, educación, atención médica, planes mediambientales…
Las empresas como YPF, que comenzaron a hacer negocios en Argentina en la década de los 90, tampoco cuentan con el favor de la opinión pública, que les toma por principales responsables de la caída de la producción del petróleo y gas, y por tanto, cargan con el muerto de ser los causantes del déficit comercial energético.
¿Son YPF o ExxonMovil malas compañías? Por lo que sabemos, son compañías que generan unas buenas ganancias. A día de hoy, cualquier ciudadano puede conocer los ingresos de una empresa y sus prácticas comerciales. Son datos públicos, y a veces, noticia. Distinto es el caso cuando hablamos de los planes de desarrollo de esas empresas, de sus prácticas ambientales, de las inicativas culturales… en definitiva, del alcance positivo de las inversiones y acciones que puede poner en marcha una gran corporación en la zona.
Mantener un bajo perfil comunicativo en estas circunstancias transforma a las empresas en un blanco vulnerable frente a potenciales ataques de gobiernos que echan balones fuera para justificar los ajustes, señalando a empresarios poderosos fuera del ejecutivo.
Las circunstancias obligan a enseñar hasta los sótanos del imperio. Los que habían decidido esconder la cabeza debajo del ala tienen que replantear su estrategia: hay que mostrarse ante la opinión pública, para que nos conozca y pueda comprendernos, y eso supone enfrentarse a su juicio.
Pero en cuestiones comunicativas no existen milagros, la construcción de la imagen corporativa y la proyección de ciertos valores es tarea de largo aliento, y requiere una dirección clara y la capacidad de adaptarse a las circunstancias. Con el caso de YPF los riesgos de mantener un low profile, se han hecho patentes, y han venido las prisas.
Una gran empresa que hace negocios con otras y/o con el Estado, no puede permitirse el lujo del silencio. El Gobierno le pedirá que muestre su inversión en el país, como muestra de apoyo a su gestión. Dar a conocer la actividad que desarrolla en favor de los intereses nacionales, tendrá una repercusión positiva tanto en la opinión pública en general, como en las decisiones del Gobierno.
Cuando el clima es hostil, algunos todavía buscan pasar desapercibidos. Estrategia equivocada. ¿Cuál es el coste que una empresa está dispuesta a pagar por ese silencio? En un escenario como el actual, como dijo Alberto Borrini hace más de una década, “el silencio no es negocio”.
Aldo Leporati, MD de Porter Novelli Argentina
Etiquetas: comunicación, crisis, empresas, gestión, opinión pública, ranking, reputación








