En nuestro día a día en una agencia de comunicación estamos tan acostumbrados a manejar cifras de todo tipo (resultados financieros, cuotas de mercado, inversiones…) que, a veces, llega a producirse una cierto efecto anestésico ante la auténtica dimensión de lo que hablamos o escribimos.
Hace sólo unos días despertaba nuevamente mi entumecida capacidad de asombro al conocer una realidad que, confieso, estaba lejos de imaginar: si pudiera valorarse en términos económicos el fruto de la labor de las ONG y del movimiento voluntario en general, la cifra equivaldría en muchos países a una parte más que respetable de sus respectivos Productos Interiores Brutos. Por poner algunos ejemplos, en el caso de Estados Unidos el porcentaje se situaría en el 5% de su PIB, mientras que en otros países podría superar incluso el 10%.
Nos hallamos, pues, ante la séptima economía del mundo, afirmaba recientemente Bernardo Kliksberg, Asesor del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para América Latina, frente a cerca de 200 voluntarios de más de un centenar de ONG de España e Israel, principalmente, reunidos en un Foro Civil organizado en Madrid por Casa Sefarad.
Allí estábamos una compañera y yo, junto a tantas personas que dedican gran parte de su tiempo y esfuerzo a causas de toda índole (discapacidad, medio ambiente, derechos humanos, cooperación al desarrollo…), y que asentían ante un discurso contundente sobre la importancia del voluntario, especialmente en los actuales momentos de crisis económica.
Ese mismo día resonaban en mis oídos los ecos de una fracasada cumbre de la FAO, que revelaba una terrible paradoja: en 2008 se recogió una de las mayores cosechas de la historia y, al mismo tiempo, cinco millones de niños morían por desnutrición (nuevamente las cifras, en este caso malditas cifras, difíciles de asumir sin una gran dosis de anestesia mental). Este hecho, afirmaba Kliksberg, evidencia un problema que, al menos en su base, no es de carácter económico, de producción, tecnológico o en relación con la naturaleza, sino que se trata de una cuestión puramente ética.
Existe una norme brecha entre lo que se hace por los más vulnerables y lo que se puede hacer, explicaba el asesor del PNUD, y hoy es primordial tapar esos gigantescos agujeros. El hecho es que, sin ánimo de suplir la obligada labor y la responsabilidad de los gobiernos, las ONG tienen la capacidad de actuar de forma ágil e inmediata, y son un aliado formidable para las políticas públicas en materia social.
El movimiento voluntario está creciendo a pasos agigantados, especialmente entre los jóvenes, que tienen una percepción cada vez más clara sobre su propia capacidad de intervención como ciudadanos. Son muchos los factores que alientan esta tendencia, y he podido entender mejor que la comunicación y todos los que participamos en la tarea de comunicar desempeñamos un papel importante en la generación de una mayor conciencia solidaria.
El próximo día 5 de diciembre se celebra el Día Internacional del Voluntariado, quizá un buen momento para reflexionar.
Eva Toussaint
Etiquetas: Bernardo Kliksberg, Casa Sefarad, ONG
Uno de los problemas es que existe cierto rechazo hacía las ONGs con argumentos más o menos certeros, ahí ya no me meto. Pero lo cierto es que sin ellas, la situación sería aún peor.
Por otra parte, es cierto, las cifras son alarmantes, pero, sin tanto nos importan ¿por qué no pedimos a nuestros políticos que incluyan en sus campañas medidas que tomarán para paliar el hambre en el mundo? Es una responsabilidad nuestra, claro, pero también lo es -y ellos pueden hacer mucho más- de los gobiernos. Como se suele decir, África lleva en crisis muuchos años.
Felicidades por el artículo, Eva.
Tienes toda la razón. Además a la participación directa de cada uno, hay que exigir a los gobiernos que actúen. De hecho, no se tratá de suplir su papel, si no de ayudar y atender, en lo que se pueda, aquello y a aquellos que están desatendidos. Son líneas paralelas y complementarias. Ojalá no fuera necesario.